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Cómo descubrí que el lenguaje importa

A diario, tendemos a etiquetar nuestra identidad, es posible que venga  de algún momento del pasado en el que no consientes decidimos que un comportamiento nos identificaría: soy desordenado, malo para las matemáticas, lento, irresponsable, sensible, estricto y otras tantas que no terminamos de enumerar. No contentos con etiquetarnos a nosotros mismos, lo hacemos con otros: mi amigo el bravo, mi compañera la intensa, mi amigo el vago, mi jefe el malgeniado, mi amigo el irresponsable.

¿Por qué nos etiquetamos y etiquetamos a otros? y, ¿por qué esas etiquetas muchas veces no son positivas?

Dos sencillas palabras usadas en la cotidianidad hacen la diferencia: ser y estar. La palabra ser se usa para comunicar lo que creemos que nos identifica, por ejemplo un nombre: soy María; un estado civil: soy soltera; incluso la pertenencia a un grupo: soy Scout, soy liberal, soy viuda. Ni el nombre, ni el partido político, ni el estado civil define nuestro Ser, eso que no cambia y  no cambiará pues hace parte de nuestra esencia. Tomémonos un momento para pensar de dónde provienen aquellas cosas que creemos que somos y seguro nos daremos cuenta que resultan de momentos del pasado en los que alguien o incluso nosotros mismos nos pusimos una etiqueta.

¿Qué somos?

Eso depende de las creencias de cada persona y amerita toda una reflexión aparte de este artículo; sin embargo, hay definiciones hermosas del Ser: Soy un ser en aprendizaje, soy un hijo de Dios, soy la naturaleza,  soy vida . ¿Qué pasa cuando usamos la palabra ERES en un niño: ¡Eres desobediente, eres desordenado! Nos estamos asegurando que lo definamos, lo identifiquemos como desordenado y  desobediente. Un comportamiento no define a un niño, no es su ser, es decir, no hay niños que sean desordenados, mucho menos brutos o lentos. Entonces, ¿Cómo hacer reflexionar a un niño sobre algo que hizo o dijo? ¿Cómo cuidar las palabras y al mismo tiempo hacer la labor de educar? Lo primero es comprender como padres, tutores o guías,  que un niño es algo más que un simple  comportamiento y renunciemos a tener una imagen pobre o poco empoderada de nuestros propios hijos reflejada en frases como:  “Es terrible, es grosero, es negado para los números, el niño es complicado.” El primer reto es mental, distinguir con claridad qué es “ser” y qué es un comportamiento  y renunciar a querer que los niños sean como queremos que sean. Ellos son como son y así  son excepcionales.

La realidad es que hay que educar, guiar y hacer reflexionar a un niño sobre los comportamientos que van acorde con el ser humano valioso que es y para eso podemos usar la palabra estar. Estar es temporal, momentáneo, es una palabra de cambio que determina que hoy podemos estar molestos, bravos, felices, tristes y mañana no estarlo. El niño con seguridad va a entender la diferencia entre: ¿Por qué hoy estás actuando así? ¡Normalmente eres tan respetuoso! En lugar de decirle: ¿Por qué siempre eres tan irrespetuoso? Un adulto incluso se sentirá mejor si le decimos: Creo que estás de mal genio en lugar de: ¿Por qué eres tan malgeniado? Usemos la palabra ser, diciéndole a nuestro hijo lo maravilloso que es, lo amado, lo valorado, lo juicioso, lo dedicado que es. Él va a saber que nosotros  lo vemos como un ser especial lleno de capacidades y con actitudes que con seguridad, si las orientamos con cuidado,  harán del niño a nuestro cargo una persona coherente, consecuente y sobre todo llena de autoestima para enfrentar el reto maravilloso que es la vida.

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